Me dijeron que tengo una o más hernias en la columna lumbar Lo que realmente significa (y lo que no)
La mayoría de los casos mejora con tratamiento conservador; lo importante es saber reconocer señales de alarma y tomar decisiones inteligentes para evitar una cirugía innecesaria… o tardía.

En la vida cotidiana es muy común escuchar lo siguiente: Me duele la espalda y siento como algo que se me va hacia la nalga/pierna… me hicieron una resonancia y reportaron: Hernia de disco, nervio atrapado o incluso la famosa ‘Ciática’. Acto seguido, una gran cantidad de personas tienden a asustarse y asumen que esto inevitablemente requieren una cirugía, situación que convierte este “susto” en negación o en una gran angustia porque, te aseguro que todo el mundo “ha escuchado sobre el primo de un amigo a quién lo operaron de la columna por una hernia y le fue mal”. Tristemente situaciones como esta ocasionan muchos pacientes retrasen o incluso eviten acudir en busca de una valoración formal por un especialista. Sin embargo, déjame decirte algo querido lector: La realidad es que entre el 85%-90% de los casos mejoran sin cirugía; y lo más importante es saber interpretar los síntomas, la exploración física y la evolución del paciente además de reconocer señales de alarma.

Ok, entonces… ¿Qué es una hernia de disco?

Comencemos por entender de una manera sencilla qué es un disco intervertebral. Nuestra columna vertebral es una estructura ósea flexible y resistente compuesta por 32 a 34 vértebras que se extiende desde la base del cráneo hasta la pélvis. Entre cada vértebra existe un disco intervertebral hecho mayormente de cartílago, el cual funciona como un “amortiguador” del peso de nuestro cuerpo. Con el paso del tiempo, ya sea por el desgaste natural o por esfuerzos o posturas repetidas, este disco puede perder su elasticidad y resistencia. Con el paso del tiempo, una o más porciones de este disco tienden a desarrollar “abombamientos” o “protrusiones”, lo cual representa diferentes grados de desplazamiento (vaya, para entenderlo mejor, el disco se deforma y se sale de sus límites anatómicos habituales). Finalmente, puede llegar a irritar o comprimir una o más raíces nerviosas (elementos que se encargan de la fuerza y sensibilidad de los miembros inferiores), y cuando esto ocurre, el dolor tiende a no quedarse sólo en la espalda, sino que tiende a seguir el trayecto del nervio hacia el glúteo, muslo, pantorrilla o hasta lo dedos del pie. A eso, en lenguaje coloquial, se le llama “Ciática” o “Lumbociatalgia”.

El dolor de espalda no siempre es por una hernia de disco.

Un punto clave: No todo dolor lumbar es ocasionado por una hernia, y no toda “hernia” reportada en un estudio explica los síntomas de un paciente. La degeneración discal y hallazgos como protrusiones o abombamientos son hallazgos bastante comunes, de hecho, hasta un 64% de las personas con estos hallazgos de imagen tendrán poco o incluso ningún síntoma relacionado; Por eso, los estudios de imagen siempre deben interpretarse en el contexto clínico de cada paciente. Dicho de forma simple: Los estudios de imagen nos muestran la anatomía; pero son los signos y síntomas del paciente los que nos cuentan la historia completa.

Habiendo dicho esto, entonces ¿Cómo se siente una hernia de disco con ciática? Aunque cada caso es distinto, hay patrones muy frecuentes. En una hernia con radiculopatía (este es el término médico formal), algunos síntomas típicos incluyen dolor que baja al glúteo o la pierna (a veces puede ser como una sensación de “quemazón”, “estiramiento” o “corrientazo eléctrico”, acompañándose de hormigueo o adormecimiento con distribución compatible con una raíz nerviosa, así como el empeoramiento al estar mucho tiempo sentado, agacharse o cargar peso; también puede aumentar al toser, estornudar o al momento de ir al baño y sentarse en el inodoro. En cambio, un dolor lumbar mecánico (o también llamado “axial”) suele ser más localizado en la espalda y estar relacionado con la postura/esfuerzos, pudiendo tener grados variables de irradiación hacia los miembros inferiores.

¿Qué necesito para tener un diagnóstico correcto?

Personalmente, como neurocirujano y cirujano de columna, considero que una buena valoración debe combinar cuatro elementos imprescindibles: Una historia clínica completa y detallada, una exploración neurológica enfocada en los síntomas del paciente (fuerza, sensibilidad, reflejos), evaluar la evolución temporal de los síntomas y la respuesta obtenida con los tratamientos prescritos, y cuando está indicado, los estudios de imagen (radiografías, tomografía, resonancia magnética, etcétera). Ciertamente, en muchos pacientes sin señales de alarma, no es necesario “correr” por una resonancia desde el primer día; se puede iniciar tratamiento conservador y reservar algunos estudios de imagen para cuando realmente sea necesario para poder tomar decisiones terapéuticas o en casos en los que la evolución no es la esperada.

El tratamiento: Un camino escalonado.

Aquí quiero recordarte que, en la mayoría de los pacientes es posible lograr una mejoría adecuada de los síntomas con un enfoque conservador bien estructurado. La primera línea de tratamiento suele enfocarse en el control del dolor e inflamación con medidas no invasivas como analgésicos y desinflamatorios, relajantes musculares y/o anti-neuríticos, en combinación con medidas no farmacológicas como el reposo relativo (evitando el reposo absoluto y prolongado), y rehabilitación/fisioterapia dirigida y enfocada en el restablecimiento de la movilidad, fortalecimiento progresivo y el retorno gradual a la actividad. Estas medidas constituyen el núcleo de manejo inicial y están ampliamente respaldadas por guías clínicas internacionales.



Entonces, ¿Cuándo es que se debe pensar en una cirugía? Una cirugía de columna no se indica por “tener una o más hernias”, sino por un conjunto de criterios: Dolor radicular incapacitante que no mejora con el manejo conservador apropiado, o presencia/progresión de un déficit neurológico (tanto motor como en la sensibilidad), entre otros escenarios clínicos. Existen ensayos clínicos y estudios comparativos que han demostrado que la cirugía puede ofrecer alivio más rápido del dolor radicular en pacientes seleccionados, mientras que en muchos pacientes tratados de forma no quirúrgica también tienden a mejorar con el tiempo; además, dependiendo de cada caso puede ser necesario un tipo de operación específico; por eso es crucial abordar a cada paciente individualmente.

Existen señales de alarma que ameritan una valoración urgente: Debilidad progresiva (por ejemplo, “se cae el pie”), alteraciones para orinar/evacuar o adormecimiento en la zona perineal (un patrón llamado “anestesia en silla de montar”), dolor intratable que progresa a pesar del tratamiento, o algunos datos sistémicos según el contexto de cada paciente (por ejemplo, fiebre o traumatismos). Estos escenarios buscan identificar condiciones serias, como por ejemplo el síndrome de Cauda Equina, las cuales requieren de una atención inmediata para evitar secuelas neurológicas potencialmente permanentes.

Hablemos de mitos frecuentes…

También vale la pena desmontar algunos mitos frecuentes. Por ejemplo, guardar “reposo absoluto” o el uso constante de una faja o un corset rara vez es la mejor estrategia a seguir; “tener una hernia” no significa que uno no pueda moverse o hacer su vida normal nunca más; y un clásico: “la cirugía siempre deja a uno peor o incluso puede uno dejar de caminar”, esto último es una generalización completamente inapropiada y, siendo honestos, si como médicos tuviéramos un caso en el que realmente pensáramos que el paciente tiene un gran riesgo de complicaciones con una cirugía, entonces realmente no ofreceríamos tal manejo. Aquí el problema real es operar sin una adecuada correlación clínico-radiológica. La decisión correcta siempre debe estar sustentada en una evaluación completa, objetivos realistas y con una indicación sólida.

En resumen, dentro de los problemas degenerativos que afectan a la columna lumbosacra, los abombamientos o hernias de disco son un hallazgo muy común y, en la mayoría de los casos, tienen un buen pronóstico siempre y cuando se lleve a cabo un tratamiento conservador y bien estructurado. Lo importante es no decidir por miedo ni por un estudio aislado, sino por una valoración integral. Si el dolor baja a la pierna, existe hormigueo o cambios en la fuerza, una evaluación clínica puede ayudarte a elegir el camino correcto: Manejo conservador, procedimientos intermedios para el control de los síntomas o incluso cirugía cuando exista una indicación clara.

  • Dr. Enrique González Gallardo
  • Neurocirugía y Cirugía de Columna Vertebral
    Ced. Prof. 9501907 UNAM Ced. Esp. 13380010 UNAM
    Certificado por el Consejo Mexicano de Cirugía.
    Neurológica A.C. 1564

    Edificio Anexo al CMA
    Consultorio 10.

    (999) 949 4254
    (999) 168 3909
    @dr.enrique_gonzalezg